Manuel Escudero vive en los paneles publicitarios de las escaleras mecánicas de bajada, en la estación de Fontana. Hace sudokus en un plis plas, tiene un calcetín de cada color y una vez llamó feo a un tipo no muy agraciado.
Manuel Escudero provoca a la curiosidad de los que descienden a las profundidades, desviando a su mirada del vacío; y mientras encierra el miedo entre las cuatro líneas rectangulares que componen su mundo, le arranca a la angustia una sonrisa que desentumece las ganas y despierta al niño dormido que quiere echar a correr escaleras arriba para volver.
De repente y por un instante, todo es blanco y simple.
Y todo ello con sólo tres frases.
Manuel Escudero es simplemente grande.
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