martes, 22 de diciembre de 2009

Paradoja paradoxal

A veces siento que, de tanto querer ser yo misma, me convierto en otra persona, y que siendo la que no soy, soy más yo que nunca.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Cleaning the closet

Porque a veces hay que relegar los dites y diretes y el barroco a la espesura del chocolate para dejar las cosas claras.
Y porque no tengo intención de quedarme esto dentro.

[...]
Puede que sí, puede que haya cambiado, puede que esté cambiando. No está en tu mano, está en la mía estar bien, y a saber dónde me llevará ese camino; y cierto, necesito tiempo para ordenarme. Pero si hay actitudes mías que te afecten o que simplemente no encuentres correctas, agradecería saberlo, para poner remedio si te hacen daño, o para decidir sobre ellas si no lo hacen y tu punto de vista y el mío no coinciden. Y no me incomoda que me lo digas... lo que me molesta es que no les pongas nombre.

Yo no sé a quién recuerdas, pero sigue estando aquí. Es parte también de la que ahora soy. Eso sí es un hecho. ¿Qué tanto he cambiado para que de un tiempo a esta parte, en meses después de años, pases a usar el pasado como tiempo verbal...?

Para ti no es necesario que cambie; ¿y si sí lo es para mí, si para ser lo grande o pequeña que soy tengo que cambiar algunos muebles de sitio?

Y es que de hecho todos cambiamos, cada día, en medidas diferentes y por motivos distintos. Tenemos esa opción, gracias a Dios. Y poder disponer de ella no supone perder lo que realmente somos; eso siempre se acaba imponiendo, por mucho que pretendamos taparlo, y se ayuda del cambio para abrirnos o encerrarnos. Y ahora no creo que esté intentando taparme ni correr un pestillo, ya no; más bien intento quitarme las mantas de encima y abrir la puerta para dejarme salir.

No puedes tirar la piedra y esconder la mano. No puedes decirme que he cambiado, que no te gusta lo que ves, que me estoy perdiendo, y no darme detalles. Porque puede que lo realmente contraproducente sea que no me los des. De hecho, está siendo contraproducente. Y mi necesidad puede que sea de tiempo, pero no de distancia… aunque intento entender que tú la necesites, a pesar de no saber por qué y de que no me quede otro remedio que aceptarla, porque no me has dado opción.

No es fácil creer en uno mismo después de sentir que has fallado a quién quieres, y que lo que haces o dices o lo que a lo mejor eres te separa de quién te importa. Puede que no cumpla tus expectativas. Y puede que lo que ves y no te gusta sea lo que hay, porque esa posibilidad está ahí. Puede que si soy del todo sincera y consecuente conmigo misma el resultado no sea tampoco el esperado; porque hace mucho que renuncio a mí por el miedo a no ser lo que se espera, a perder a quien quiero, y quizás ya va siendo hora de que deje de renunciar a mí por todos.

La intención es lo que cuenta, pero te has equivocado en las maneras, y ese error me ha hecho daño. Me has hecho daño. Es así, y esta vez no me lo voy a quedar ni lo voy a disculpar. Hace tiempo más que suficiente que nos conocemos como para que puedas saber que no son las correctas, porque nunca lo han sido, eso no ha cambiado. Que a estas alturas del partido no lo sepas... da qué pensar. No sé si pretendías ayudarme o ayudarte; por lo que a mi respecta sólo has conseguido hundirme. Espero que a ti te sirva de algo.

Me dueles, como me duelen tu distancia y tu silencio, y me provocan tristeza y rabia. Tendré que aprender a sobrellevarlos, aunque no está siendo, ni va a ser, plato de buen gusto, por lo menos para mí. Te quiero más de lo que te he querido, porque suman los años. Pero estás en tu derecho de irte cuando quieras y hasta que quieras. Yo no puedo, ni quiero retenerte contra tu voluntad, aunque la mía sea tenerte a mi lado, como tampoco puedes esperar que siga aquí cuando te decidas, si te decides, a volver.

Lástima que las letras del metal que saldrían de todo esto ya no tengan uso. 

Cuídate mucho ya que yo no puedo cuidarte.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Hamsterdumped, que no Humperdincked

Era vil y rastrero, ni por asomo atractivo, malvado en valor absoluto (del que, por supuesto, carecía). Todas las mentes infantiles, niñas y adultas que se han prometido a Buttercup, han convergido en la frase "Humperdinck debe morir" en algún punto de la historia propia y la prestada.

Le sobraban razón y razones a Buttercup para decantarse por Westley, y eso hasta el propio Humperdinck lo sabía.

Por lo menos le queda ese consuelo. Él no perdió la batalla contra un hamster.