Te miro; de pie, desde el marco de la puerta, miro tu cuerpo inerte que exige dormir para sumergir en un fundido en negro lo que sale a la superficie a la luz de los ojos abiertos. Acostada, dejada y alejada de ti misma, respiras mientras te sigo mirando, y siento y comprendo el dolor y la impotencia que debías albergar cuando me mirabas tú a mí desde ese mismo marco, preguntándote cómo abrir la ventana para que entrara el aire y no me ahogara al despertarme.
Sé que encontrarás la manera, por ser el galgo que ha engendrado a la casta. Pero quizás, además de saber levantarse, sea práctico aprender a caer de pie.
Yo, por el momento, me sigo pelando las rodillas. Pero de ahí a los pies ya queda algo menos.
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